Por Nuria Arfa

Miguel Macaya

Tiene el talento de provocar un sentimiento intenso con su pintura

Macaya

 

A Miguel Macaya no le gusta hablar de pintura, "sino con la pintura". Pretende hacer reflexionar al espectador, sin ser ser demasiado explícito: "La expresión de una mirada humana o animal, puede ser un precipicio, pero precisamente eso es lo que puede llevar el trasfondo de estas pinturas."
El lenguaje figurativo le parece el mas eficaz para expresarse. Con la representación de los sujetos a tamaño natural, Miguel Macaya busca que estos se proyecten hacia el espectador como una presencia casi real para permitir que éste participe emocionalmente de su trabajo.
Como Caravaggio, Miguel Macaya toma la luz de un origen impreciso, haciendo que las figuras representadas aparezcan con una presencia imponente y repentina, con blancos de matices infinitos como los de Csernus o texturas como las de Schalcken;  figuras inmutables como las de Velázquez, de mirada profunda e inescrutable como la de Rembrandt en sus autorretratos.
Macaya
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Miguel Macaya siempre quiso ser torero o músico de jazz. Nunca pensó en ser artista. Atraído por la vida bohemia "de mucho humo, de mucha alegría, (...) de mucha improvisación seguramente", este cántabro afincado en Cataluña comenzó a tomarse muy en serio la pintura a los diecisiete años.
Al imaginar a sus personajes, los interioriza y toma su identiidad, como lo haría un actor, de forma que se conviertan en lo que realmente quiere representar. 
Mediante el claroscuro y el esfumato, capta como nadie el efecto de la luz sobre la materia y nos regala con texturas, miradas, sombras y luz que nos llevan a la introspección, despertando la capacidad reflexiva de nuestra mente ante nuestra propia realidad, mediante sujetos extraños al mundo cotidiano. 
"La pintura no se puede explicar. Se transmite lo que hay". Miguel Macaya piensa que nadie puede vivir sin arte. Él tiene el talento de provocar un sentimiento intenso con su pintura. 
Macaya
Macaya

 

Miguel Macaya es un gran aficionado a los toros y define La Fiesta como "un acto artístico de primerísima magnitud", aunque por otra parte, está del lado de los animalistas y reconoce que es un espectáculo anacrónico. 
En sus representaciones del arte de la tauromaquia, el artista se recrea en los colores de la plaza y en los vestidos, como Rembrandt hacía con los cascos de guerrero que tanto le atraían.
Miguel Macaya nos presenta al torero como un sacerdote. Trabajando con sus pinceles en la vestimenta, creando un relieve y textura inigualables que el manejo magistral  de la luz y de las sombras  acentúan. Plasma seres gastados por una vida, de gestos adustos, portando con la dignidad del convencido su parafernalia simbólica.
Sus tintas de tauromaquia son magistrales  y recuerdan a las del maestro Goya, con esa universalidad del sujeto que conocemos pero no forma parte de nuestro mundo.
Macaya
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Miguel Macaya es un apasionado del mar, para él "es una fuente de ensoñación". Para este artista intenso y observador, la calma sin embargo es una necesidad. Con encierros prolongados en su estudio, se concentra en las capas finales de sus obras: "Es cuando empiezas a sentir el goce de pintar. Me gusta estar sosegado para dominar esa caligrafía y alcanzar el goce de la obra".

Actualmente está desarrollando su serie "Caprichos".


Realización: Nuria Arfa
Retratos: Enrique Menossi
Imágenes de la obra cedidas por Miguel Macaya